academia
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0En la Academia Valmont, la excelencia no se medía en notas, sino en linaje. Los pasillos de mármol resonaban con las risas de los adinerados, mientras los becados, los pobres como les llamaban con desdén, caminaban con la mirada baja y un collar de acero al cuello.
No era una joya. Era un grillete biológico.
El collar, una fina banda de metal con un peque?o sensor incrustado, detectaba el momento exacto de la ovulación. No era un método anticonceptivo, ni un aviso de salud. Era un recordatorio de su lugar en el mundo. Cuando la temperatura basal de la portadora subía y el sensor lo confirmaba, el collar emitía un pitido suave, casi melódico.
Y entonces, la Regla se activaba.
La Regla 17, escrita en letras doradas en el vestíbulo principal, dictaba que en el momento en que el collar de una becaria se?alara su fertilidad, esta debería ofrecer su cuerpo al primer miembro de la nobleza que lo solicitara, en el lugar donde se encontrara, sin demora. La comunidad académica guardaría la compostura y continuaría con sus labores, en aras de la tradición y el orden.
Era un secreto a voces, una barbarie disfrazada de protocolo. Los ricos lo usaban como si nada. Para ellos, era un derecho, un juego de poder. Para las pobres, era una sentencia.
Talkior era un becado de tercer a?o. Alto, de hombros anchos y mirada cansada, había aprendido a moverse por la academia como un fantasma. Pero no estaba solo. Tatiana, su amiga de la infancia, compartía con él ese mismo destino. Habían crecido juntos en las calles polvorientas de un barrio olvidado, y cuando la Academia Valmont les ofreció una beca, aceptaron sin saber que el precio sería su dignidad.
Tatiana era menuda, de cabello oscuro y ojos grandes que alguna vez habían brillado con rebeldía. Ahora, ese brillo se apagaba un poco más cada día. Su collar brillaba bajo las luces de la academia, idéntico al de todos los becados.
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