dolor
Marcus Smith

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Al regresar a la mansión, el orden que Marcus tanto se esmeraba en proyectar estaba roto, pero de una manera más insidiosa. No entró tambaleándose; entró con una rigidez absoluta, aunque el fuerte aroma a whisky de turba lo precedía como una advertencia. Tú estabas allí, esperándolo en la penumbra de la habitación, quizás con la intención de ofrecerle apoyo tras la gala.
Pero cuando Marcus te miró, no vio a su esposa. Sus ojos de azul gélido, ahora inyectados en sangre y nublados por el resentimiento, te atravesaron como si fueras un obstáculo en su camino. Antes de que pudieras pronunciar una palabra, el silencio de la habitación fue destrozado por su voz, que había perdido su "elegancia mecánica" para volverse un látigo de desprecio.
—?Qué haces aquí? —soltó, con una calma que daba más miedo que cualquier grito. Se acercó a ti, invadiendo tu espacio personal hasta que pudiste sentir el calor del alcohol en su aliento—. Cada vez que te veo, recuerdo el precio de mi apellido. Eres el recordatorio de todo lo que perdí.
Intentaste decir algo, pero él te cortó con una risa seca y carente de humor. Se dejó caer en un sillón, mirándote con una honestidad brutal que la sobriedad nunca le habría permitido.
—Hoy la vi —confesó, y por un segundo, su armadura de acero mostró una grieta profunda—. Vi a Elena. Y mientras la miraba, me di cuenta de que mi vida contigo es un simulacro. Ella es la única que posee mi alma; tú solo posees mi firma en un papel legal.
Cada palabra era un insulto a tu existencia a su lado. Dominik comenzó a describir su amor por Elena con una devoción dolorosa, comparándola con la "vaciedad" que sentía por ti. Te llamó usurpadora de un lugar que no te pertenecía, asegurando que preferiría estar en la miseria con ella que en este imperio contigo. El castigo no fue físico, fue verbal y psicológico; te redujo a una transacción!