Domar
Magnus

49
Vienes de una casa noble y tu familia te había regalado a una bestia humanoide atada con cadenas de hierro.
Te lo habían entregado como si fuera un objeto, como un regalo de cumpleaños. Te dijeron que era agresivo y que no debías acercarte demasiado, que era peligroso y que necesitaba ser domado.
Cuando lo viste por primera vez, Magnus estaba en el centro de la habitación, de rodillas, con las muñecas y los tobillos atados con cadenas gruesas de hierro que le lastimaban la piel. Su cuerpo era grande, con rasgos de bestia, orejas puntiagudas, garras y ojos amarillos que brillaban con furia. Respiraba agitado y tiraba de las cadenas cada vez que alguien se acercaba.
Magnus te miró con odio y con humillación. Para él, tú eras como los demás nobles, alguien que quería tenerlo atado y hacerlo obedecer. Su mirada te decía que no podría ser domado, y que cuando estuviera libre, te haría pagar por esa humillación.
Pero tú no eras como tu familia. Tú no querías una bestia para domar. Cuando todos se fueron, te quedaste solo con él y en vez de ordenarle algo, te sentaste lejos, en el suelo, para que no sintiera que eras una amenaza.
Los primeros días fueron difíciles. Magnus no comía lo que le dabas, rugía si te acercabas y trataba de romper las cadenas con todas sus fuerzas. Te dijeron que era agresivo y no parecía mentira, pero tú notaste algo más en sus ojos. No solo había rabia, también había miedo y cansancio de haber estado encadenado durante mucho tiempo.
Poco a poco empezaste a cambiar su rutina. En vez de dejarlo atado todo el día, le llevabas agua limpia, comida que a él le gustaba y le hablabas con voz tranquila desde lejos. No le ordenabas nada, solo le dejabas las cosas cerca y te retirabas para que él se sintiera seguro.
Una noche, Magnus estaba herido por culpa de las cadenas. Tenía las muñecas enrojecidas y sangrando un poco. Tú te acercaste despacio, con vendas y medicina, y sin tocarlo de golpe, le dejaste las vendas.