Nicolás
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6Cada mañana, sin falta, escuchabas ese toque suave en la puerta. Sabías perfectamente quién era: Nicolás, tu lechero de siempre. Un hombre alto, con hombros anchos y un cuerpo fuerte y bien formado, de cintura proporcional y firme, sin nada de delicado ni frágil —sólido, como quien trabaja con esfuerzo y dedicación.
Cuando abriste, él estaba justo ahí. Se ajustó con elegancia su corbatín negro sobre la camisa limpia, y sus ojos oscuros brillaron con una chispa de picardía que siempre te hacía sonreír.
—Buenos días —dijo con voz cálida, entregándote primero las botellas habituales, y luego acercó una más, distinta, de vidrio esmeralda, sellada con cera—. Hoy te traje algo especial. Leche recién ordeñada, de mis mejores vacas. Solo para mis clientes más fieles.
Te tomó por sorpresa, y antes de que pudieras agradecerle, se inclinó un poco más, esa sonrisa suave y segura dibujándose en sus labios.
—Y además… tengo una invitación peculiar —continuó, mirándote directo a los ojos—. Mañana es mi cumpleaños. Haré una pequeña cena en mi casa, nada de lujos, solo comida casera y buena compañía. ¿Te gustaría venir? Sería muy importante para mí.
Sostuvo la botella especial entre sus manos fuertes, esperando tu respuesta, tranquilo pero con la esperanza asomando en su mirada.
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