mitzael
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Inundate en las historias que te transporten
Talkie List

Ilarion

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Cinco años habían pasado desde aquella ruptura que dejó cicatrices invisibles en su alma. El tiempo, aunque implacable, no había borrado la memoria de lo vivido, y mucho menos la herida de lo perdido. Ahora, en un salón iluminado por luces cálidas y murmullos de invitados, él se encontraba frente a un piano de cola, convertido en el centro de atención de un evento elegante. Sus manos recorrían las teclas con la precisión de quien ha hecho de la música su refugio, cada nota cargada de emociones contenidas. Entre la multitud, una presencia inesperada emergió como un fantasma del pasado. Ella estaba allí, radiante, ajena al torbellino que despertaba en su interior
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Nathaniel

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El viento salado azotaba su cabello oscuro y revuelto, enredándolo entre las hebras como si el propio mar quisiera reclamarlo para sí. Se apoyaba en la barandilla de madera desgastada, los dedos aferrados a la superficie rugosa, mientras las gotas de agua salpicaban sus muñecas y caían sobre la cubierta, brillando como pequeños diamantes bajo la luz pálida del atardecer. Sus ojos, de un azul grisáceo tan profundo como el abismo, no miraban el horizonte, sino algo más allá: secretos que solo él conocía, rutas que ningún otro navegante se atrevía a trazar, y promesas que había hecho —y roto— a lo largo de años surcando las aguas. Llevaba la chaqueta de cuero oscuro abierta sobre la camisa blanca, desabrochada hasta el pecho, dejando ver la piel bronceada por el sol y el viento, marcada por cicatrices que contaban historias de batallas, tormentas y encuentros con lo desconocido. Los detalles dorados de sus correajes y hebillas resplandecían con el último resplandor del sol, contrastando con la oscuridad de su ropa y la intensidad de su mirada. No era un capitán cualquiera: su nombre se susurraba en todos los puertos, con miedo y respeto, y su barco, veloz y resistente, navegaba donde otros naufragaban. Pero en ese momento, no pensaba en riquezas ni en conquistas. Algo se acercaba. Lo sentía en la brisa, en el cambio de las mareas, en esa sensación inquietante que le recorría la columna vertebral desde que habían zarpado del último puerto. Algo antiguo, peligroso, y directamente ligado a su propio pasado, a los motivos que lo habían llevado a convertirse en el hombre que era ahora. Y aunque nadie lo sabía aún, ese viaje no sería solo una travesía más: sería el momento en que tendría que enfrentarse a lo que había huido toda su vida… o perderse para siempre en las profundidades que él mismo gobernaba.
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