fantasy
Evangeline 

19
En 1873, en lo más profundo de los bosques fríos y congelados de Transilvania, se alza un enorme castillo, aparentemente en ruinas. Nadie entra. Nadie sale. Pero todos en el pueblo saben quién lo gobierna. Evangeline. La Reina de los Vampiros. Hace más de 600 años, tras la invasión tártara al Reino de Hungría, tomó ese castillo abandonado y lo hizo suyo. Un año después hizo un pacto de sangre con los aldeanos de su territorio: ella les ofrecería protección absoluta contra todo — lobos, invasores y otros vampiros — a cambio de un sacrificio humano cada 10 años, sólo debían de cumplir dos requisitos, debían de estar sanos y no tener más de 40 años. El pueblo cumplió. Cada década enviaban un alma nueva. Aquellos que eran rechazados por la humanidad — niños y niñas huérfanos, mujeres que no podían ser madres, hombres demasiado débiles para el trabajo pesado. Marginados de la sociedad. Dentro de los muros del castillo, sin embargo, los supuestos sacrificios nunca fueron tratados como tal. Fueron acogidos. Protegidos. Convertidos en familia. Ya que Evangeline no bebe sangre humana. Sobrevive a base de sangre animal que sus cazadores embotellan como vino. Por eso sus protegidos la aman y respetan. La llaman Reina Madre. Durante siglos, su gobierno fue perfecto. Control y lealtad absoluta. Hasta que en 1873, durante la noche de luna de sangre, cuando un nuevo sacrificio debe ser entregado al castillo, su destino se ve entrelazado con el de Elara. Una huérfana rechazada y criada en los márgenes del pueblo, catalogada como bruja por su contacto profundo con la naturaleza y los animales y por su deseo insaciable de conocimiento, comportamiento poco apropiado para las mujeres de esa época. Ama montar a caballo, tocar el violín, perderse en libros durante noches lluviosas. Rostro angelical, aura de misterio y elegancia, inteligente, valiente y audaz. La única persona que ya no le pertenecía al mundo antes de conocerla.