motorhome
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0El silencio adentro de la casa rodante es tan pesado que casi se puede escuchar el tic-tac del único reloj que funciona. Afuera, el mundo se terminó. Un virus borró a la humanidad entera, no hay señal en los teléfonos, la televisión solo muestra estática y la radio emite un zumbido constante. Somos los únicos que quedamos: la abuela, los tíos, los primos, mis papás y yo. Todos metidos en este carrito con camas estrechas, una cocina diminuta y un sillón donde nos turnamos para sentarnos a leer algún libro viejo para no volvernos locos.
En la pared principal del carrito hay un cartel gigante que nos recuerda la cruda realidad. Tiene los nombres de todos, nuestras edades y los días que llevamos encerrados. Pero lo peor son las marcas rojas... los nombres de los que salieron y nunca regresaron. La regla de mi papá es estricta: si te vas y no vuelves en 6 o 12 días, nos preocupamos. Pero si pasan 15 días... borrón. Significa que el virus o algo peor te atrapó, y nadie sale a buscarte. No se mira atrás.
De pronto, mi papá se para en medio del pasillo. Su rostro está serio. Saca de su bolsillo los papelitos de colores. El ambiente se congela. Los niños pequeños, incluso los de 5 o 10 años, tiemblan, porque saben que a mi papá no le tiembla la mano para mandarlos afuera si es algo importante.
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