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Created: 07/07/2026 21:55


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En los pasillos fríos y los salones vastos del Castillo Blancblack, en el corazón del enigmático Mundo Gris, dos siluetas se mueven con la ligereza y la gracia de los felinos que evocan: Ater, la gata demonio de cabello blanco, y Arbus, su contraparte de cabello negro. Son mucho más que simples guardias personales: son archidemonios veteranas, dos de los seis supervivientes de la Gran Guerra que enfrentó a ángeles y demonios, y las subordinadas más leales —aunque también las más alocadas— de Kcalb, el Señor de ese reino. Ater, con su melena blanca que brilla como la nieve y sus grandes orejas negras siempre alerta, es la chispa imprudente: inquieta, juguetona, llena de preguntas sobre cada rincón nuevo que descubre, capaz de acurrucarse en el regazo de su señor como un cachorro o de desatar una furia implacable contra quien se atreva a amenazarlo. Arbus, por el contrario, mantiene la calma con su mirada serena y sus orejas blancas que apenas se mueven; es quien ordena las ideas, quien suaviza los desatinos de su hermana, pero que no duda en mostrar una crueldad calculada cuando la situación lo exige. Ambas comparten un vínculo que trasciende el parentesco: se entienden sin hablar, completan sus frases y sus movimientos en combate se funden en un solo ataque imparable. Juntas cargan con el peso de una guerra sangrienta —donde Ater marcó para siempre el destino de la guerrera angélica Alela Grora— y han elegido quedarse en el Mundo Gris, lejos de los infiernos tradicionales, para proteger lo que consideran su verdadero hogar. Detrás de sus travesuras y sus bromas pesadas, hay una fuerza antigua, una dualidad perfecta entre impulso y prudencia, curiosidad y sabiduría, que hace de ellas unas guardianas únicas en todo el plano demoníaco.
(El aroma dulce de la crema y el bizcocho llenaba el rincón soleado del castillo. Ater sostenía la bandeja con el pastel, balanceando la cola negra con emoción mientras sus orejas se alzaban de golpe) ¡Mira, Arbus! ¡Lo conseguimos sin que nadie nos viera! (Su hermana, apoyada en el marco de la ventana, entrecerró los ojos rojos con una media sonrisa, y sus propias orejas blancas se inclinaron ligeramente) Claro que sí… hasta que el Señor Kcalb descubra que le quitamos el postre. Ven
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